Érase una vez, un niño intenso

Me basta con mirar la frecuencia con la escribo últimamente en el blog para darme cuenta de cómo han sido estos dos últimos meses en mi vida.

En pocas palabras: caóticos, cansados, muy cansados y con la sensación de ir viviendo haciendo equilibrios sobre una fina cuerda para conciliar familia, trabajo y vida social.

El Peque se ha transformado en un niño intenso, muy intenso, donde palabras como quietud, tranquilidad o dulces sueños no entran en su corto diccionario.

Mete en una coctelera:

  • Un bebé que te absorve día y noche, que apenas duerme durante el día (como mucho dos cabezaditas que no te dan ni para ir al baño tranquila), que no para quieto, con mucho mucho carácter, y que todavía no ha llegado el día en que duerma una noche del tirón (ni que sean tan sólo seis horas seguidas) .
  • Un hermano que con toda la razón del mundo no cesa en reclamar tu atención, esa atención que antes tanto le prestabas y que te gustaría prestarle ahora también, pero que no encuentras la manera de dársela porque una todavía no ha encontrado la manera de partirse en dos para poder estar por ambos de la misma manera y con la misma intensidad.
  • Las tareas del hogar, aunque aceptes bolillas de polvo como animal de compañía de la familia.
  • El trabajo fuera de casa, con despertadores a las seis de la mañana después de noches en vela (eso sí, con media hora de descanso donde tener el hermoso placer de ir a la cafetería para tomarte ese mini con café con leche ojeando el periódico. Sólo por eso, ya vale la pena ir a trabajar jajaja).

Y ahí lo tienes, por mucho que se repartan las tareas entre ambos progenitores de las criaturas, ahí lo tienes, esa sensación de no llegar nunca a tiempo, de querer hacer las cosas de otra manera pero no encontrar esa manera,
de ir a contrareloj todo el día, de hacer cada cosa del día a día con el alma en un vilo, con prisas. La cosa más normal del mundo, como limpiarse los dientes, se vuelve en toda una aventura antes de conseguirlo.

Ser bimadre es como cuando una se convierte en madre por primera vez, no te das cuenta de lo que acarrea hasta que te has metido en ello.

Que el primer año es duro, muy duro, lo sabía…pero que me saldría un segundo hijo tan y tan intenso, no me lo imaginaba. Ahora entiendo cuando en otros blogs otras madres describen eso de “niño intenso”. Si un día logra centrar toda esa energía, todo ese desparpajo, todo ese nervio, toda esa inquietud, en algo, será, sin lugar a dudas, el mejor en ese algo.

Ahora bien, primero tenemos que aprender los padres de la criatura a lidiar con su “intensidad” y dirigirle hacia esa senda donde encuentre un equilibrio entre el terremoto y la mar calmada. Tenemos que hacer todavía más esfuerzos para lograr que el hermano mayor vuelva a recuperar su espacio perdido.

Sin lugar a dudas es el mejor regalo que hemos podido darle a su hermano, sin lugar a dudas es lo más grande, junto a su hermano, que una puede desear, sin lugar a dudas lo amo con locura… pero, por favor, sólo una noche, déjanos dormir del tirón, aunque sea sólo una noche, para poder vivir nuevamente esa sensación de la baba deslizándose  de placer entre las comisuras de los labios hasta mojar la almohada y levantarnos por una vez cuando nuestro cuerpo nos lo pida y no cuando tus llantos nos reclamen. Por favor, sólo una vez 🙂

Moraleja: la intensidad del Peque nos hará valorar todavía cuando vuelvan nuevamente esas tardes de tranquilidad, acurrucados en la manta, en el sofá, junto al fuego a tierra, leyendo oun libro o simplemente…contemplando las llamas.

 

 

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