Locura navideña transitoria o afectación cerebral post-parto

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El título de esta entrada puede pareceros algo largo e incluso raro, pero ahora lo entenderéis. Os cuento.

Como ya os he comentado en otras ocasiones, me considero una mujer atea, pero de tradición cristiana, por lo que este año me apetecía llevar al Mayor, de 5 años, a ver la obra de teatro de Els Pastorets, para que así conociera de qué viene la tradición de la Navidad y los Reyes Magos y entendiera el porqué de cada figurita del belén. Para los que no sepáis de qué va esto de Els Pastorets clicad aquí.

Pues bien, a principios de diciembre adquirí dos entradas para ver Els Pastorets de mi ciudad, que por cierto es una representación genial, con más de cien actores, una gran escenografía y unos efectos fascinantes. Totalmente recomendable. Las imprimí y las guardé esperando a que llegara el día.

Primera parte: miércoles, 28 de diciembre

Después de organizar al Pequeño con los abuelos y bajar a la ciudad, esto fue lo que sucedió. Bajamos a media mañana a la ciudad, comimos en casa de mis padres y un par de horas antes de la obra de teatro fui al centro con mi hijo Mayor a pasar una tarde con él, los dos solitos, una tarde de complicidad madre e hijo, a nuestro ritmo y a lo que nos apeteciera. Así acabamos en una cafetería tomándonos una buena merendola antes de la función. Seguidamente nos dirigimos hacia el teatro, nos hacimos unas fotos con algunos de los personajes que estaban en la puerta de entrada, hacimos la cola y cuando nos toca nuestro turno para entrar…

Esta entrada no es para hoy, sino para el miércoles que viene” – nos dice la azafata muy amablemente.

¿¡Qué!? ¿¡Cómo!? ¿¡Lo cuálo?! ¡No puede ser!” – dije incrédula.

Inmediatamente miré como loca las dos entradas y sí, efectivamente, eran para el día 4 de enero. Nunca, y repito, nunca, a mí, una mujer tope organizada hasta límites insospechados, me había pasado nada igual. Después de organizar el día, bajar a la ciudad e ir los dos con esa ilusión a ver Els Pastorets, resulta que ¡me equivoqué de día!

Al lado de la taquilla había una mujer revendiendo dos entradas de un par de amigos que no podían ir. Me quedé a su lado y acordamos que si no conseguía venderlas las cambiaría por las mías y así, podríamos entrar mi hijo y yo a ver la función sin tener que bajar otro día a la ciudad. Y así fue. Pero al entrar al teatro, resulta que los asientos no eran en un palco de la planta baja, tal y como me dijo la mujer en un principio, sino… ¡en el gallinero! vamos, que tenías que usar prismáticos para conseguir ver el escenario y además ¡qué vértigo! La pobre mujer se había equivocado y tampoco se imaginaba que sus entradas fuesen para ahí arriba. Mi hijo me decía que allí no quería, que quería abajo, en platea. Así que viendo la localización de esos asientos le pedí a la buena mujer que me devolviera mis dos entradas para el próximo miércoles. Salimos del teatro y llamé a mi padre para que nos pasara a buscar, lo cual no fue fácil, pues siendo el día de los Santos Inocentes se pensaba que era una inocentada y no se lo creía.

Segunda parte: miércoles, 4 de enero

Y llegó el miércoles 4 de enero. El día anterior leí y releí la data de las dos entradas, no fuera que me volviese a pasar lo mismo que la semana anterior. Esta vez fue más fácil organizar el día ya que el padre de las criaturas tenía vacaciones y se quedó con el pequeño (claaaro, ahora recuerdo, cogí la entrada para este día porque el padre tenía fiesta y no me hacía falta mover al pequeño y movilizar a los buenos abuelos).

Bajamos a la ciudad, esta vez sin merendola porque íbamos justos de tiempo, entramos en el teatro, nos sentamos en nuestras butacas (esta vez sí, en platea) y a disfrutar de la función. Hasta aquí, todo bien, hasta que…

Al cabo de un par de horas se baja el telón, nos levantamos de los asientos y salimos del teatro. En el hall, le doy algo de merendar a mi hijo y le hago unas fotos antes de salir a la calle y volver para casa. Después de un rato, de camino al coche, empiezo a pensar… “Qué raro que nadie aplaudiese al finalizar la función“, “Qué raro que bastante gente se quedara en las butacas charlando tranquilamente con otras personas en vez de marcharse, pero bueno, como es Navidad la gente va más tranquila y le gusta charlar con gente que a lo mejor hace tiempo que no ve“. “Qué raro que hubiese cola en la cafetería del teatro cuando a fuera hay muchas más cafeterías, y más baratas” “Qué raro que sólo saliésemos nosotros del teatro“… y así estuve dándole vueltas hasta que caí. “¡A lo mejor no ha acabado la función!”. Así que cogí al niño y dimos marcha atrás, de retorno al teatro. Una vez en la entrada le pregunté a la azafata si había acabado la función y me dijo que no, que todavía quedaba una hora y media más, que era media parte. “¡Una hora y media más! ¡Pero si ya llevaban dos horas!“. Entramos nuevamente a platea, nos sentamos en la butaca y en seguida comenzó la segunda parte. Suerte que volvimos, porque estuvo también genial, nos reímos montón y mi hijo no perdió detalle en todo momento. Al finalizar, entonces sí, la gente aplaudió, los actores y actrices salieron a saludar y los espectadores empezaron a abandonar el teatro.

O las Navidades nos vuelven locos o todo este despiste es consecuencia de algún síndrome post-parto, por qué ni era la primera vez que iba al teatro (he ido muchas veces y sé cómo va la cosa) ni nunca antes, jamás, me había pasado todo esto. Precisamente hará unas semanas leí por algún lugar de internet que el cerebro de las mujeres cambia después del parto y no vuelve a ser el mismo hasta pasado dos años. ¿Será esto lo que me ocurre? o, ¿simplemente la gran falta de sueño me ha descolocado todas las neuronas?

Ahora, mirando hacia atrás y recordando lo acontecido no puedo parar de reír jajaja.

Contadme, contadme alguna anécdota que os haya pasado después de haber tenido a vuestros hijos. Algún despiste, algo que nunca antes os hubiese pasado.

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